“(Yo pregunto, loqueros)
si no es ahora...
¿cuándo se pierde
el juicio?”
León Felipe, escrito en el mantel que presidió un almuerzo en el 2001
“Una vez en la ciudad, como quien diseca para conservar, insiste sobre la apariencia de lo que ya está ausente, dibuja con el gesto de quien rehúsa mirar lo efímero, nombra y cataloga, vuelve dato lo imposible. El mapa no es el territorio, la imagen nunca será el paisaje. Es esto lo que aquí inquieta.
Estos árboles nos dicen que su secreto es la melancolía.
El misterio del bosque es estar lejos y siempre fuera.”
Ianina Ipohorski (mural introductorio hallado en una de las paredes del museo)
“Amalia: -¿Por qué otra vez sólo modos y medios? ¿Por qué no la poesía toda, una e indivisible? Nuestro amigo no puede abandonar su mala costumbre de discernir y separar allí donde el todo sólo puede actuar y complacer con fuerza indivisa.”
F. Schlegel – Conversaciones sobre la poesía
El tiempo se queda afuera (muestra del fracaso en la resistencia: los golpes de unos dientes romos en las ventanas que dan al boulevard). Aquí se ausentan el oxígeno, el carbono y los trajines cotidianos. Lo que se respira es un silencio transitado hasta el hartazgo. Porque hay en ese silencio mil gritos atrapados, enclavados en las paredes, en el techo, abandonando el piso de madera al más mínimo movimiento. Esos gritos sin bocas no quieren conversar con mi silencio devoto, esos hombres que antes trazaron voces sonoras son parte del patrimonio que se ha conservado de aquel último naufragio, de aquella guerra, aquel barco en franca retirada, aquellas manos retraídas que escupieron un par de pinceladas. Retratos de nadie, susurran, somos gritos emancipados. No pertenecemos al hombre, pero a su lenguaje nos han encadenado. Esos gritos de amontonan, sin decidirlo puntualmente ante mi presencia, me ignoran. “Hemos tratado con muchos colonos, harto expertos de tanto mirarnos a nosotros, pero ya no les permitimos la crítica, el ojo certero. Si vienen a bailar con los gritos, nuestras gargantas enseñaremos con dulzura, si es que buscan reinventar sus mordazas en estos lienzos, mejor regresen por donde vinieron, que aquí sólo encontrarán chirridos anónimos, sombras del boulevard, que aún dentro del museo, no habrán conseguido dejar atrás”. Yo escucho sus miradas penetrantes, me ofrezco en sacrificio, quizás sus voces me salven. La Niña me invita de pronto a recorrer el museo con sus ojos, abiertas la noche y los siglos detrás de estas entornadas puertas. Camino sobre algo inhabitable con estos oídos acostumbrados a escuchar sobre las formas bellas del arte, estudio los rincones de los gritos y encuentro el roce de unas manos, una manada de pies que salen a mi encuentro desde los siglos más diversos, y relatan los azares de unos hombros viejos. Ahora entiendo los gritos, ahora me uno a ellos, sin padres ni abuelos, la humanidad me sale al encuentro, y yo, que venía sin buscar más que algún atisbo de asombro, soy ya una porción de esa totalidad sin partes ni esquinas, vuelo al compás de las sábanas de la galería. Aquellas figuras que se jactan de mimética maravilla parecen reprocharme el indecoroso entusiasmo con que me hundo en el banco, en las ventanas, en el pasamanos de la escalera, y luego renazco desarmada y ajada con todos los gritos tatuados. Ahora mi piel es la que cuenta historias, invita, repele, niega, cobra sentidos momentáneos y luego los desecha como una camisa del talle inapropiado. Me encuentro en medio de esos tránsitos secretos por el precio de hacer a un lado la crítica y los ojos-dagas, y ahora puedo vibrar con todas las palabras alguna vez pronunciadas por la humanidad, esas palabras que una vez habladas abandonaron la cuna de esos labios progenitores y nunca miraron atrás. Soy el cielo y el cuadro del cielo que miran a un hombre que mira hacia otros recortes de su realidad, soy la luz que enceguece la foto y hace de su entorno algo espectacular, soy el muñeco de la barandilla que padece sarampión, soy los enchufes solitarios que quisieran besar al piso de parqué centenario. Soy la extraña cadencia con que crujen las escaleras, pero pronto soy una arcada y nuevamente estoy fuera, mirando con un escalofrío al boulevard. Este otro caos, aunque también azaroso, se rehúsa a invitarme a mutar.
Magalí D. Herranz