3 nov 2011

Visita al Museo Genaro Pérez


“(Yo pregunto, loqueros)

si no es ahora...

¿cuándo se pierde

el juicio?”

León Felipe, escrito en el mantel que presidió un almuerzo en el 2001


“Una vez en la ciudad, como quien diseca para conservar, insiste sobre la apariencia de lo que ya está ausente, dibuja con el gesto de quien rehúsa mirar lo efímero, nombra y cataloga, vuelve dato lo imposible. El mapa no es el territorio, la imagen nunca será el paisaje. Es esto lo que aquí inquieta.


Estos árboles nos dicen que su secreto es la melancolía.


El misterio del bosque es estar lejos y siempre fuera.”

Ianina Ipohorski (mural introductorio hallado en una de las paredes del museo)


“Amalia: -¿Por qué otra vez sólo modos y medios? ¿Por qué no la poesía toda, una e indivisible? Nuestro amigo no puede abandonar su mala costumbre de discernir y separar allí donde el todo sólo puede actuar y complacer con fuerza indivisa.”

F. Schlegel – Conversaciones sobre la poesía


El tiempo se queda afuera (muestra del fracaso en la resistencia: los golpes de unos dientes romos en las ventanas que dan al boulevard). Aquí se ausentan el oxígeno, el carbono y los trajines cotidianos. Lo que se respira es un silencio transitado hasta el hartazgo. Porque hay en ese silencio mil gritos atrapados, enclavados en las paredes, en el techo, abandonando el piso de madera al más mínimo movimiento. Esos gritos sin bocas no quieren conversar con mi silencio devoto, esos hombres que antes trazaron voces sonoras son parte del patrimonio que se ha conservado de aquel último naufragio, de aquella guerra, aquel barco en franca retirada, aquellas manos retraídas que escupieron un par de pinceladas. Retratos de nadie, susurran, somos gritos emancipados. No pertenecemos al hombre, pero a su lenguaje nos han encadenado. Esos gritos de amontonan, sin decidirlo puntualmente ante mi presencia, me ignoran. “Hemos tratado con muchos colonos, harto expertos de tanto mirarnos a nosotros, pero ya no les permitimos la crítica, el ojo certero. Si vienen a bailar con los gritos, nuestras gargantas enseñaremos con dulzura, si es que buscan reinventar sus mordazas en estos lienzos, mejor regresen por donde vinieron, que aquí sólo encontrarán chirridos anónimos, sombras del boulevard, que aún dentro del museo, no habrán conseguido dejar atrás”. Yo escucho sus miradas penetrantes, me ofrezco en sacrificio, quizás sus voces me salven. La Niña me invita de pronto a recorrer el museo con sus ojos, abiertas la noche y los siglos detrás de estas entornadas puertas. Camino sobre algo inhabitable con estos oídos acostumbrados a escuchar sobre las formas bellas del arte, estudio los rincones de los gritos y encuentro el roce de unas manos, una manada de pies que salen a mi encuentro desde los siglos más diversos, y relatan los azares de unos hombros viejos. Ahora entiendo los gritos, ahora me uno a ellos, sin padres ni abuelos, la humanidad me sale al encuentro, y yo, que venía sin buscar más que algún atisbo de asombro, soy ya una porción de esa totalidad sin partes ni esquinas, vuelo al compás de las sábanas de la galería. Aquellas figuras que se jactan de mimética maravilla parecen reprocharme el indecoroso entusiasmo con que me hundo en el banco, en las ventanas, en el pasamanos de la escalera, y luego renazco desarmada y ajada con todos los gritos tatuados. Ahora mi piel es la que cuenta historias, invita, repele, niega, cobra sentidos momentáneos y luego los desecha como una camisa del talle inapropiado. Me encuentro en medio de esos tránsitos secretos por el precio de hacer a un lado la crítica y los ojos-dagas, y ahora puedo vibrar con todas las palabras alguna vez pronunciadas por la humanidad, esas palabras que una vez habladas abandonaron la cuna de esos labios progenitores y nunca miraron atrás. Soy el cielo y el cuadro del cielo que miran a un hombre que mira hacia otros recortes de su realidad, soy la luz que enceguece la foto y hace de su entorno algo espectacular, soy el muñeco de la barandilla que padece sarampión, soy los enchufes solitarios que quisieran besar al piso de parqué centenario. Soy la extraña cadencia con que crujen las escaleras, pero pronto soy una arcada y nuevamente estoy fuera, mirando con un escalofrío al boulevard. Este otro caos, aunque también azaroso, se rehúsa a invitarme a mutar.


Magalí D. Herranz

2 nov 2011

Visita al museo

Hoy el museo es el nido de una serpiente, serpiente finita y perecedera que contradice el sueño artístico de perdurar en el tiempo. La obra efímera, pasajera, hoy se apodera del museo y trasgrede el longevo tiempo del arte. No conforme aún con haber devorado el tiempo, la serpiente de lana se apodera también del espacio, envenena el sentido y redefine el lugar de la legitimación, ya no es arte sólo lo que se encuentra dentro de las paredes de la vieja casona, el arte explota por las ventanas, ha salido afuera, corre por los techos, disputa con las rejas y aparece de improvisto a los transeúntes por debajo de la tierra. La serpiente es obra y mundo, es museo y es calle, y quisiera yo que el museo fuera también calle y la calle museo. Abrigada de retazos de tela y lana, recolectados por la mano de sus demiurgos, la serpiente desborda el cuadro de lo posible dentro del museo, simpática, asimétrica, desteñida, sucia quizás, corona la gigantesca primera sala debajo de un retrato realista pintado por el mismísmo Genaro Perez, quién dio nombre y vida al museo. Un retrato realista, perfeccionista, donde un hombre de bigotes, que parece estar mirando con mal gesto a la serpiente, se erige sacando pecho con sus brazos cruzados, haciendo gala del trazo sublime de la pincelada oculta de Genaro (Eso si es arte, diría mi padre, no como esas porquerías que las hace cualquiera, subsumiendo el concepto de arte al de virtuosismo sin dudarlo por un segundo). Dejo de lado un momento la serpiente, pues estoy seguro que ella volverá a encontrarme, y contemplo los retratos, ahora comprendo por que le llaman realismo, las figuras parecen naturalmente vivas, los trazos fingen ser manos ojos y pies, hasta podrían ser más bellos que sus modelos originales. Técnica y genialidad de seguro, tal vez pura vanidad.

Me aventuro ahora a subir las escaleras, nuevamente, la serpiente se apodera del museo, se adueña del espacio, ahora ha copado el pasamanos con su torso que exhibe un sin fin de colores y formas, también tejidos y hasta algunos aromas a hierbas y flores en pequeñas bolsitas atadas al lomo. La lanuda bestia no quiere perder ni uno de los sentidos del espectador en su ambición por conquistarlo todo. Las escaleras anchas y de gruesos escalones me acompañan en un viaje que culmina en el cielo, el mismo cielo pintado de celestes y pasteles, un lienzo que muestra a un pintor debajo de las nubes, pintando nubes; el cuadro dentro del cuadro, el arte como representación, el arte como representación de la representación, ad infinitum.

A la izquierda de las nubes otro cuadro, no podría decir que es bello, es un hombre vestido de negro pintado de manera borrosa, desconozco el estilo pero, la mirada del viejo hace que los retratos realistas de Genaro Perez parezcan maniquíes o muñecos, el viejo dice algo en esa mirada, algo que hoy no sé, y que probablemente descubra alguna tarde de verano, tomando mate y mirando al horizonte.

Ahora se abre ante mi un pasillo y una nueva forma de arte, esta vez un mantel firmado con mil ochocientas inscripciones de casi mil ochocientas personas indignadas, seguro algunos, cuya indignación o indecisión no cabía en una frase, firmaron dos veces. El tema: “la justicia”, un tema que fue tendido al frente de la legislatura en una gigantesca mesa donde puede leerse “Prohibido robar, el gobierno no quiere competencia” también un “legalicen la hierba” y un descontextualizado pero aparentemente justo “aguante el dance 2001”. Una urbomaquia, una mesa extendida donde la justicia permitía que cada uno escribiera lo que quisiera, sin censuras, espero, sin cobardías.

Avanzo a la siguiente sala: nada. Miro una y otra vez, nada. Algunas maquetas de obras, unas fotos, cuadros, pero no me invitan a pasar, me asomo un poco más y veo una mariposa difusa en un círculo gris, me acerco pero la mariposa cada vez se desdibuja más: ¡Sorpresa! Aparecen unas pequeñas letras que son las que forman toda la imagen. Me saco el sombrero ante la creatividad del artista y acepto mi derrota, y yo que no esperaba nada especial en esta sala.

Fotos adornan la siguiente sala, un hombre parado en un charco con zapatillas blancas, detrás suyo, el sol ensombrece su cabeza e ilumina todo, podría ser un Dios, o el divino Platón. ¿Habrá pensado en Platón también el fotógrafo? No lo creo. Las demás fotos no pueden competir con esta, pienso, pero... ¿Es necesario que compitan? ¿Estoy trasladando al museo una lógica extraña y absurda? En un rincón hay una foto movida, hay un perro, agua, está tan borrosa que cualquiera la hubiera borrado de la cámara digital y hubiera tomado otra pero, la veo una y otra vez, miro el agua, el reflejo, el perro y el charco de nuevo. La foto es cada vez mejor, es buenísima, suerte que no la borraron, hizo falta un museo para salvarla de los tiempos que corren, en estos días tan veloces donde cualquiera la hubiera eliminado sin dudar afirmando “salió borrosa”. Y sigo mirando la foto, lo sublime, el aplauso, parece que Kant tenía algo de razón.

Gard pinta manchas, son horribles, doscientos cuadros iguales con manchas. Gard me hace pensar en el arte como un grupo de personas adineradas, pintores, críticos, dueños de salas y museos que se autolegitiman, que tienen el poder para presentar lo que quieran y premiarse y elogiarse entre ellos. Manchas que encubren una farsa de arte o el arte como una farsa, no me gustan, me hacen dudar del arte y de los artistas, manchas mentirosas, me hacen no creerles. Por suerte pasa la cola de la serpiente y me lleva a otra sala, la serpiente o su recuerdo me salva, todavía hay artistas.

El siguiente viaje es fantástico, cuadros psicodélicos con ventanas superpuestas que parecen moverse, un efecto visual, colores llamativos y las miles de ventanas de Venecia en una tarde de verano. Nuevamente el aplauso.

Bajo de nuevo para enfrentarme a un frío pasillo de estatuas, mujeres delgadas, estilizadas y desnudas, mujeres bellas que son obras bellas en sinfonía perfecta, las musas. Y al fondo la gorda, sentada en sus fuertes piernas parece soportar sobre sus manos y espalda el peso de toda la casona. En nuestros tiempos una mujer fea, a simple vista, y va perdiendo fealdad como la foto movida, y se impone con otra lógica que rompe hasta el principio de no contradicción. La fea es obra bella, la fea es bella y al diablo con Platón ahora, lo justo es que lo feo sea también bello y bueno.

Ya me estoy yendo y el último pasillo con sus pisos de ajedrez presenta varios cuadros. Paso indiferente ante algunos, otros me parecen interesantes y de reojo, sin querer adelantarme pero espiando, diviso al judío. Tiene los ojos cerrados y la barba abultada, una expresión de tristeza que muestra en un solo gesto miles de años de penas y persecuciones. Ese judío es el apaleado en la novela de William Shakespeare, es el mercader de Venecia (de nuevo Venecia), también es Moises, un esclavo de los egipcios o el José crucificado por Saramago, o tantos otros judíos torturados, es un judío en Auschwitz o está escapando de la inquisición en las calles de Brasil, dentro de la Gesta del Marrano de Agüinis. Es el judío o la idea platónica de la desesperación. Sea quien sea agacha la cabeza ante el mal trago y se rinde, ya se ha ganado el cielo.

Saliendo del museo, una pequeña niña con su madre contemplan la cabeza de la serpiente, que se asoma por debajo de la tierra. La niña quiere tocar los colmillos de lana y la madre le aparta la mano, y le dice no. La serpiente, entrometida, se hace cómplice de la niña y se deja tocar. La niña la toca, rompe las reglas, su madre la regaña pero ya no importa. La niña y la serpiente sonríen, ambas han cumplido su cometido.